Alicia se quedó mirando la casa uno o dos minutos, y preguntándose lo que
iba a hacer, cuando de repente salió corriendo del bosque un lacayo con
librea (a Alicia le pareció un lacayo porque iba con librea; de no ser así,
y juzgando sólo por su cara, habría dicho que era un pez) y golpeó
enérgicamente la puerta con los nudillos. Abrió la puerta otro lacayo de
librea, con una cara redonda y grandes ojos de rana. Y los dos lacayos,
observó Alicia, llevaban el pelo empolvado y rizado. Le entró una gran
curiosidad por saber lo que estaba pasando y salió cautelosamente del
bosque para oír lo que decían.
El lacayo-pez empezó por sacarse de debajo del brazo una gran carta, casi
tan grande como él, y se la entregó al otro lacayo, mientras decía en tono
solemne:
Para la Duquesa. Una invitación de la Reina para jugar al croquet.
El lacayo-rana lo repitió, en el mismo tono solemne, pero cambiando un
poco el orden de las palabras:
De la Reina. Una invitación para la Duquesa para jugar al croquet.
Después los dos hicieron una profunda reverencia, y los empolvados rizos
entrechocaron y se enredaron.
A Alicia le dio tal ataque de risa que tuvo que correr a esconderse en el
bosque por miedo a que la oyeran. Y, cuando volvió a asomarse, el
lacayo-pez se había marchado y el otro estaba sentado en el suelo junto a
la puerta, mirando estúpidamente el cielo.
Alicia se acercó tímidamente y llamó a la puerta.
No sirve de nada llamar --dijo el lacayo--, y esto por dos razones.
Primero, porque yo estoy en el mismo lado de la puerta que tú; segundo,
porque están armando tal ruido dentro de la casa, que es imposible que te
oigan.
Y efectivamente del interior de la casa salia un ruido espantoso: aullidos,
estornudos y de vez en cuando un estrepitoso golpe, como si un plato o una
olla se hubiera roto en mil pedazos.
Dígame entonces, por favor --preguntó Alicia--, qué tengo que hacer para
entrar.
Llamar a la puerta serviría de algo --siguió el lacayo sin escucharla--,
si tuviéramos la puerta entre nosotros dos. Por ejemplo, si tú estuvieras
dentro, podrías llamar, y yo podría abrir para que salieras, sabes.
Había estado mirando todo el rato hacia el cielo, mientras hablaba, y esto
le pareció a Alicia decididamente una grosería. «Pero a lo mejor no puede
evitarlo», se dijo para sus adentros. «¡Tiene los ojos tan arriba de la
cabeza! Aunque por lo menos podría responder cuando se le pregunta algo.»
¿Qué tengo que hacer para entrar? --repitió ahora en voz alta.
Yo estaré sentado aquí --observó el lacayo-- hasta mañana...
En este momento la puerta de la casa se abrió, y un gran plato salió
zumbando por los aires, en dirección a la cabeza del lacayo: le rozó la
nariz y fue a estrellarse contra uno de los árboles que había detrás.
... o pasado mañana, quizás --continuó el lacayo en el mismo tono de
voz, como si no hubiese pasado absolutamente nada.
¿Qué tengo que hacer para entrar? --volvió a preguntar Alicia alzando
la voz.
Pero ¿tienes realmente que entrar? --dijo el lacayo--. Esto es lo
primero que hay que aclarar, sabes.
Era la pura verdad, pero a Alicia no le gustó nada que se lo dijeran.
¡Qué pesadez! --masculló para sí--. ¡Qué manera de razonar tienen todas
estas criaturas! ¡Hay para volverse loco!
Al lacayo le pareció ésta una buena oportunidad para repetir su
observación, con variaciones:
Estaré sentado aquí --dijo-- dias y días.
Pero ¿qué tengo que hacer yo? --insistió Alicia.
Lo que se te antoje --dijo el criado, y empezó a silbar.
¡Oh, no sirve para nada hablar con él! --murmuró Alicia desesperada--.
¡Es un perfecto idiota!
Abrió la puerta y entró en la casa.
La puerta daba directamente a una gran cocina, que estaba completamente
llena de humo. En el centro estaba la Duquesa, sentada sobre un taburete de
tres patas y con un bebé en los brazos. La cocinera se inclinaba sobre el
fogón y revolvía el interior de un enorme puchero que parecía estar lleno
de sopa.
¡Esta sopa tiene por descontado demasiada pimienta! --se dijo Alicia
para sus adentros, mientras soltaba el primer estornudo.
Donde si había demasiada pimienta era en el aire. Incluso la Duquesa
estornudaba de vez en cuando, y el bebé estornudaba y aullaba
alternativamente, sin un momento de respiro. Los únicos seres que en
aquella cocina no estornudaban eran la cocinera y un rollizo gatazo que
yacía cerca del fuego, con una sonrisa de oreja a oreja.
¿Por favor, podría usted decirme --preguntó Alicia con timidez, pues no
estaba demasiado segura de que fuera correcto por su parte empezar ella la
conversación-- por qué sonríe su gato de esa manera?
Es un gato de Cheshire --dijo la Duquesa--, por eso sonríe. ¡Cochino!
Gritó esta última palabra con una violencia tan repentina, que Alicia
estuvo a punto de dar un salto, pero en seguida se dio cuenta de que iba
dirigida al bebé, y no a ella, de modo que recobró el valor y siguió
hablando.
No sabía que los gatos de Cheshire estuvieran siempre sonriendo. En
realidad, ni siquiera sabía que los gatos pudieran sonreír.
Todos pueden --dijo la Duquesa--, y muchos lo hacen.
No sabía de ninguno que lo hiciera --dijo Alicia muy amablemente,
contenta de haber iniciado una conversación.
No sabes casi nada de nada --dijo la Duquesa--. Eso es lo que ocurre.
A Alicia no le gustó ni pizca el tono de la observación, y decidió que
sería oportuno cambiar de tema. Mientras estaba pensando qué tema elegir,
la cocinera apartó la olla de sopa del fuego, y comenzó a lanzar todo lo
que caía en sus manos contra la Duquesa y el bebé: primero los hierros del
hogar, después una lluvia de cacharros, platos y fuentes. La Duquesa no dio
señales de enterarse, ni siquiera cuando los proyectiles la alcanzaban, y
el bebé berreaba ya con tanta fuerza que era imposible saber si los golpes
le dolían o no.
¡Oh, por favor, tenga usted cuidado con lo que hace! --gritó Alicia,
mientras saltaba asustadísima para esquivar los proyectiles--. ¡Le va a
arrancar su preciosa nariz! --añadió, al ver que un caldero
extraordinariamente grande volaba muy cerca de la cara de la Duquesa.
Si cada uno se ocupara de sus propios asuntos --dijo la Duquesa en un
gruñido--, el mundo giraría mucho mejor y con menos pérdida de tiempo.
Lo cual no supondría ninguna ventaja --intervino Alicia, muy contenta de
que se presentara una oportunidad de hacer gala de sus conocimientos--. Si
la tierra girase más aprisa, ¡imagine usted el lío que se armaría con el
día y la noche! Ya sabe que la tierra tarda veinticuatro horas en ejecutar
un giro completo sobre su propio eje...
Hablando de ejecutar --interrumpió la Duquesa--, ¡que le corten la
cabeza!
Alicia miró a la cocinera con ansiedad, para ver si se disponía a hacer
algo parecido, pero la cocinera estaba muy ocupada revolviendo la sopa y no
parecía prestar oídos a la conversación, de modo que Alicia se animó a
proseguir su lección:
Veinticuatro horas, creo, ¿o son doce? Yo...
Tú vas a dejar de fastidiarme --dijo la Duquesa--. ¡Nunca he soportado
los cálculos!
Y empezó a mecer nuevamente al niño, mientras le cantaba una especie de
nana, y al final de cada verso propinaba al pequeño una fuerte sacudida.
Grítale y zurra al niñito
si se pone a estornudar,
porque lo hace el bendito
sólo para fastidiar.
CORO
(Con participación de la cocinera y el bebé)
¡Gua! ¡Gua! ¡Gua!
Cuando comenzó la segunda estrofa, la Duquesa lanzó al niño al aire,
recogiéndolo luego al caer, con tal violencia que la criatura gritaba a voz en
cuello. Alicia apenas podía distinguir las palabras:
A mi hijo le grito,
y si estornuda, ¡menuda paliza!
Porque, ¿es que acaso no le gusta
la pimienta cuando le da la gana?
CORO
¡Gua! ¡Gua! ¡Gua!
¡Ea! ¡Ahora puedes mecerlo un poco tú, si quieres! --dijo la Duquesa al
concluir la canción, mientras le arrojaba el bebé por el aire--. Yo tengo
que ir a arreglarme para jugar al croquet con la Reina.
Y la Duquesa salió apresuradamente de la habitación. La cocinera le tiró
una sartén en el último instante, pero no la alcanzó.
Alicia cogió al niño en brazos con cierta dificultad, pues se trataba de
una criaturita de forma extraña y que forcejeaba con brazos y piernas en
todas direcciones, «como una estrella de mar», pensó Alicia. El pobre
pequeño resoplaba como una maquina de vapor cuando ella lo cogió, y se
encogía y se estiraba con tal furia que durante los primeros minutos Alicia
se las vio y deseó para evitar que se le escabullera de los brazos.
En cuanto encontró el modo de tener el niño en brazos (modo que consistió
en retorcerlo en una especie de nudo, la oreja izquierda y el pie derecho
bien sujetos para impedir que se deshiciera), Alicia lo sacó al aire libre.
«Si no me llevo a este niño conmigo», pensó, «seguro que lo matan en un día
o dos. ¿Acaso no sería un crimen dejarlo en esta casa?» Dijo estas últimas
palabras en alta voz, y el pequeño le respondió con un gruñido (para
entonces había dejado ya de estornudar).
No gruñas --le riñó Alicia--. Ésa no es forma de expresarse.
El bebé volvió a gruñir, y Alicia le miró la cara con ansiedad, para ver si
le pasaba algo. No había duda de que tenía una nariz muy respingona, mucho
más parecida a un hocico que a una verdadera nariz. Además los ojos se le
estaban poniendo demasiado pequeños para ser ojos de bebé. A Alicia no le
gustaba ni pizca el aspecto que estaba tomando aquello. «A lo mejor es
porque ha estado llorando», pensó, y le miró de nuevo los ojos, para ver si
había alguna lágrima. No, no había lágrimas.
Si piensas convertirte en un cerdito, cariño --dijo Alicia muy seria--,
yo no querré saber nada contigo. ¡Conque ándate con cuidado!
La pobre criaturita volvió a soltar un quejido (¿o un gruñido? era
imposible asegurarlo), y los dos anduvieron en silencio durante un rato.
Alicia estaba empezando a preguntarse a sí misma: «Y ahora, ¿qué voy a
hacer yo con este chiquillo al volver a mi casa?», cuando el bebé soltó
otro gruñido, con tanta violencia que volvió a mirarlo alarmada. Esta vez
no cabía la menor duda: no era ni más ni menos que un cerdito, y a Alicia
le pareció que sería absurdo seguir llevándolo en brazos.
Asi pues, lo dejó en el suelo, y sintió un gran alivio al ver que echaba a
trotar y se adentraba en el bosque.
«Si hubiera crecido», se dijo a sí misma, «hubiera sido un niño
terriblemente feo, pero como cerdito me parece precioso». Y empezó a
pensar en otros niños que ella conocía y a los que les sentaría muy bien
convertirse en cerditos. «¡Si supiéramos la manera de transformarlos!», se
estaba diciendo, cuando tuvo un ligero sobresalto al ver que el Gato de
Cheshire estaba sentado en la rama de un árbol muy próximo a ella.
El Gato, cuando vio a Alicia, se limitó a sonreír. Parecía tener buen
carácter, pero también tenía unas uñas muy largas Y muchísimos dientes, de
modo que sería mejor tratarlo con respeto.
Minino de Cheshire --empezó Alicia tímidamente, pues no estaba del todo
segura de si le gustaría este tratamiento: pero el Gato no hizo más que
ensanchar su sonrisa, por lo que Alicia decidió que sí le gustaba--. Minino
de Cheshire, ¿podrias decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir
de aquí?
Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar --dijo el
Gato.
No me importa mucho el sitio... --dijo Alicia.
Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes --dijo el Gato.
... siempre que llegue a alguna parte --añadió Alicia como explicación.
¡Oh, siempre llegarás a alguna parte --aseguró el Gato--, si caminas lo
suficiente!A Alicia le pareció que esto no tenía vuelta de hoja, y decidió hacer otra
pregunta:
¿Qué clase de gente vive por aquí?
En esta dirección --dijo el Gato, haciendo un gesto con la pata
derecha-- vive un Sombrerero. Y en esta dirección --e hizo un gesto con la
otra pata-- vive una Liebre de Marzo. Visita al que quieras: los dos están
locos.
Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca --protestó Alicia.
Oh, eso no lo puedes evitar --repuso el Gato--. Aquí todos estamos locos.
Yo estoy loco. Tú estás loca.
¿Cómo sabes que yo estoy loca? --preguntó Alicia.
Tienes que estarlo afirmó el Gato--, o no habrías venido aqui.
Alicia pensó que esto no demostraba nada. Sin embargo, continuó con sus
preguntas:
¿Y cómo sabes que tú estás loco?
Para empezar -repuso el Gato--, los perros no están locos. ¿De acuerdo?
Supongo que sí --concedió Alicia.
Muy bien. Pues en tal caso --siguió su razonamiento el Gato--, ya sabes
que los perros gruñen cuando están enfadados, y mueven la cola cuando están
contentos. Pues bien, yo gruño cuando estoy contento, y muevo la cola
cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco.
A eso yo le llamo ronronear, no gruñir --dijo Alicia.
Llámalo como quieras --dijo el Gato--. ¿Vas a jugar hoy al croquet con
la Reina?
Me gustaría mucho --dijo Alicia--, pero por ahora no me han invitado.
Allí nos volveremos a ver --aseguró el Gato, y se desvaneció.
A Alicia esto no la sorprendió demasiado, tan acostumbrada estaba ya a que
sucedieran cosas raras. Estaba todavía mirando hacia el lugar donde el Gato
había estado, cuando éste reapareció de golpe.
A propósito, ¿qué ha pasado con el bebé? --preguntó--. Me olvidaba de
preguntarlo.
Se convirtió en un cerdito --contestó Alicia sin inmutarse, como si el
Gato hubiera vuelto de la forma más natural del mundo.
Ya sabía que acabaría así --dijo el Gato, y desapareció de nuevo.
Alicia esperó un ratito, con la idea de que quizás aparecería una vez más,
pero no fue así, y, pasados uno o dos minutos, la niña se puso en marcha
hacia la dirección en que le había dicho que vivía la Liebre de Marzo.
Sombrereros ya he visto algunos --se dijo para sí--. La Liebre de Marzo
será mucho más interesante. Y además, como estamos en mayo, quizá ya no
esté loca... o al menos quizá no esté tan loca como en marzo.
Mientras decía estas palabras, miró hacia arriba, y allí estaba el Gato una
vez más, sentado en la rama de un árbol.
¿Dijiste cerdito o cardito? --preguntó el Gato.
Dije cerdito --contestó Alicia--. ¡Y a ver si dejas de andar apareciendo
y desapareciendo tan de golpe! ¡Me da mareo!
De acuerdo --dijo el Gato.
Y esta vez desapareció despacito, con mucha suavidad, empezando por la
punta de la cola y terminando por la sonrisa, que permaneció un rato allí,
cuando el resto del Gato ya había desaparecido.
¡Vaya! --se dijo Alicia--. He visto muchísimas veces un gato sin
sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que he visto en
toda mi vida!
No tardó mucho en llegar a la casa de la Liebre de Marzo. Pensó que tenía
que ser forzosamente aquella casa, porque las chimeneas tenían forma de
largas arejas y el techo estaba recubierto de piel. Era una casa tan
grande, que no se atrevió a acercarse sin dar antes un mordisquito al
pedazo de seta de la mano izquierda, con lo que creció hasta una altura de
unos dos palmos. Aún así, se acercó con cierto recelo, mientras se decía a
sí misma:
¿Y si estuviera loca de verdad? ¡Empiezo a pensar que tal vez hubiera
sido mejor ir a ver al Sombrero!
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